12 de noviembre de 2012

Viejos amigos. Cuento.

«Con todos sus buenos y viejos amigos rodeándola, llenando la habitación, Isabela dormitaba en su cama. Cansada y vieja, descansaba la fatiga de una vida entera. Al inhalar, un suave silbido agudo y cortante le daba cadencia a sus últimos momentos con vida en este mundo.

Con una lentitud llena de vejez su cuerpo intentó rodar en la cama, pero un molesto punzar en sus pulmones la hizo salir del sueño ligero en que reposaba. Se incorporó ligeramente y reclinada con la vista al frente, se repuso del esfuerzo mientras resollaba quedo. No tosió moribundamente. Isabel se quedó quieta en el silencio intermitente que provocaba su respiración añeja. Aún la tenue luz de la habitación le molestaba los ojos, así que los cerraba a ratos, aún somnolienta.

Después de un rato de brumosa quietud –que pudo ser un pestañeo o unas horas- tuvo un chispazo de lucidez y despertó completamente. Al menos todo lo que puede estar despierta una vieja moribunda, flaca hasta los huesos y con los pulmones podridos. Mirando a su alrededor examinó su compañía. Su mente, sabiendo que se acercaba el final del trayecto, traía galopadamente a la memoria cientos de momentos que eran incitados por la presencia de viejos conocidos.

Resentida de lágrimas que le habían traído tantos de ellos reclamó con voz grave y amarga: –Al final, aquí postrada, con sus malditos rencores y el odio que me han inculcado por cada humano que se ha ido y se queda, antes y después de mí. – y nadie le respondió.

Como para interrumpir el silencio soltó un quejido lastimero y les sostuvo la mirada. – ¡Mentirosos! Me prometieron mil vidas, mil viajes, mil experiencias…y simplemente no alcanza el tiempo, simplemente no alcanza el tiempo. – Un sonido hueco y grave le nacía en el pecho, una suerte de llanto que sus pulmones no soportaban, pero la presencia de sus compañeros la tranquilizó.

Se percato de que había invitados a los que había olvidado hace tiempo, amigos de la infancia, otros con quienes compartió innumerables noches, maestros, compañeros de viajes y también, quienes siempre estaban en su mente, los amores de su vida, sus amados amigos, incluso sus hijos.

–¡Bendito el momento en que los concibieron!, ¡bendito el momento en que nacieron!, ¡bendito el momento en que los conocí!– perdió el aliento, pero se repuso y continuó:
– Me llevo la historia de tantos de ustedes: los buenos y los malos, los viejos, los jóvenes, su época, sus muertes, su vida. Toda yo les pertenece y en mi hora final les digo que me han enseñado mi futilidad e infinita insignificancia y valió la pena y…– Isabel perdía el aliento, y con un último resoplido de vida continuó con voz quejosa y ojos vidriosos:
–…no hubo tiempo para tantos y tantos me quitaron tanto tiempo, pero les digo: los he amado con todo mi ser…– terminó la frase arrastrando las palabras y concluyendo con un pesado estertor, su quijada bajó sutilmente y sus ojos abiertos quedaron inmóviles.

En la habitación no había una sola mano que los cerrara.»